Angel Cristo: Entre remover en la basura y los lutos de chichinabo (I)

Algo tan obvio como que el sol sale por la mañana era que, tras la muerte del domador Angel Cristo, hasta el tato iba a aportar su granito de arena en lo de destapar historias, algunas a medio olvidar y otras tan novedosas que hasta resultan difíciles de creer. Y es que, si hay algo que nos guste en este país más que apalear al famoso, eso es aprovechar su muerte para terminar de sacar hasta el último trapo sucio que el susodicho tenga escondido en el último rincón de su memoria.

Con esto no quiero romper una lanza a favor de la historia de nadie. Angel Cristo vivió una época dorada que fue cubriendo de mierda gracias a sus propios malos actos. Siempre entre drogas, maltratos y enfermedades, la historia y las historias del domador han recorrido uno por uno los platós de televisión, algunas veces siendo él mismo la fuente de la información y otras muchas -demasiadas- su familia.

Aquí todos buenos y todos malos. Todos han puesto la mano y han encontrado en su intimidad un filón que ha sido rentable en momentos quizás un poco difíciles. Pero de ahí, al luto inexistente, hay todo un mundo de por medio. No soy yo de salir a la calle de negro ni de rasgarme las vestiduras en público por culpa del dolor. Incluso, cuando una relación familiar ha sido tan mala que pasó a ser inexistente desde hacía años, es hasta normal -al menos para mí- que aquello del sufrimiento y el dolor acabe siendo algo extremadamente volátil. Pero el respeto es algo que siempre ha de estar ahí.


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