‘La semana que desaparecieron las mujeres’: belleza y bendición (III)

Yemassee

Con esa cara no se puede esperar nada bueno de ella

Pero aquí todavía faltaba un tema por resolver. Un tema que se venía arrastrando desde el primer día de este “experimento sociológico”. ¿Os acordáis de cuál? ¿Recordáis que en la despedida de las mujeres, uno de los hombres, un chico de veintiún años se arrodilló y pidió la mano de su novia? ¿Y os acordáis también que la madre del susodicho hijo enamorado era la viva reencarnación de Sauron con tetas? ¡Agüita con la vieja mala onda! ¡Vaya bicho de mujer!

Todas las mujeres de Yemassee le llevaban pidiendo a la madre del chico enamorado que hablase con su futura nuera para darle su bendición por su próximo matrimonio. Pero la vieja esta quiere al niño para ella sola. Casi faltaba escucharla gritar con voz demoníaca: “¡Esas pelotas sólo las toco yo!”

Pero la conversación Sauron-nuera se llevó a cabo. ¿Y salió todo bien? ¡Para nada! Hablamos de Sauron, nada puede salir bien con semejante bicho. A la pobre nuera, toda ella enamoradísima, se le ocurrió decir entre risas, “mañana le pediré a tu hijo que me abrace a mí primera”. A Sauron se le pusieron los ojos en blanco, su espalda se arqueó hacia atrás y comenzó a soltar maldiciones en un arameo extraño con mezcla de vasco, todo mientras babas verdes salían de su boca. La novia enamorada, temiendo por su vestido, dejó a la suegra-Sauron poseída dando su paseo arqueada hacia atrás, a ver si le daba un poco el aire y se calmaba.

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Fuente – La semana que desaparecieron las mujeres
Foto – Divinity


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