‘La semana que desaparecieron las mujeres’: surrealismo machista (III)

La semana que desaparecieron las mujeres

Aquí tenemos al pobre marido… ¬¬

La respuesta es ‘no’. Si la Zarzamora lloraba en compañía de las amigas, sintiendo en el alma la distancia de marido e hijos, también lloraba cuando el resto de mujeres meneaban las caderas junto a los monitores musculitos en la piscina. Pero eso no lo sabía su marido. Aquí es donde suele venir bien el ejercicio de la confianza. Son muchos años juntos como para saber qué puede hacer y qué no la persona que siempre ha estado a tu lado… creo.

Pero su marido no opinaba así. De hecho no habían pasado ni dos días cuando se le metió entre huevo y huevo que su mujer tenía que volver. Pero lo mejor no fue que el señor en cuestión demostrase tener una confianza nula en su mujer, o que no se alegrase de que su mujer pudiese estar descansando una simple semana con las amigas. Lo mejor fueron sus palabras a la cámara: “No quiero que mi mujer esté en ese ambiente sin mí. He mandado a alguien para que recoja a mi mujer hoy. Quiero a mi mujer para mí sólo. No quiero que esté con otras personas”. Y se quedó tan ancho, oye.

Lo peor fue ver cómo su mujer estaba del todo de acuerdo con lo de volver a casa a sólo dos días de haberse ido. Entiendo el amor, pero no entiendo “la sumisión aceptada”. Esta mujer no dejó de llorar hasta que llegó a su casa, y una vez allí soltaba la perla de que “no volvería a salir de casa en un tiempo” y que “si tenía que salir a la compra, tendría que ser acompañada”. Qué le vamos a hacer, ¿no? Esa es la cultura del primer mundo.

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Fuente – La semana que desaparecieron las mujeres
Foto – Divinity


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