Vivir sin realities

Qué bonito es el verano, ¿verdad? Asado de calor cual pollo, sin poder poner el aire acondicionado porque resulta que la factura de la luz ha subido. Sin poder ir de vacaciones, porque eso es sólo para ricos. Saliendo casi exclusivamente al dichoso Mercadona, aprovechando para bailar allí con su música añeja, pues no hay salida nocturna que valga porque también cuesta dinero y, de paso, refrescarte con el aire acondicionado.

Aunque la playa tampoco queda tan lejos. De hecho la tengo bastante cerca. Pena que el gasoil sea ya un artículo de lujo. Casi parece que llenes el tanque del coche con los ositos de Tous para que ande. Una vez en la playa te toca aparcar en el último rincón del mundo, te achicharras incluso habiéndote embadurnado con protección cincuenta y, para colmo de bienes, viene un descuidero y te sopla los últimos cinco euros de mierda que te quedan, la mochila de los chinos y la toalla de la silueta de la tetona ochentera.

Y luego, frustado, achicharrado y con los instintos asesinos a flor de piel llegas a casa. Te sientas en el sofá –sin aire acondicionado, recordad eso-, pones la tele y empiezas a hacer zapping. No hay Gran Hermano, ni Perdidos en la tribu, ni Supervivientes, ni siquiera un refrito Telecinquero de esos que adornan los veranos. Nada. Sólo fútbol, que no me gusta, Mujeres y Hombres y Viceversa, que no se acaba nunca –como la Teletienda- y telediarios donde nos dicen por vez quinientos mil millones trescientos veinte mil que Rajoy ha terminado de joder España.

¿Y yo qué hago? Si entro al baño y hago confesionarios, hablo con mi marido utilizando al traductor de las tribus, voy al supermercado y me peleo por las ofertas como si fuera una prueba de recompensa… ¿qué hago sin realities? ¿Es que no hay un alma caritativa que trabaje los veranos?

Foto – FoS


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